
Entorno del Santuario
El equilibrio entre la arquitectura y el paisaje que envuelve el Real Sitio.
Hay lugares cuya fuerza no termina en sus grandes hitos, sino que se expande alrededor de ellos. En Covadonga ocurre exactamente eso. La Santa Cueva y la Basílica concentran la atención, pero es el entorno del Santuario lo que da continuidad a la experiencia: senderos, agua, árboles, monumentos, viejos edificios, escalinatas, túneles y miradores donde la visita deja de ser una suma de paradas y empieza a sentirse como una unidad.
Este entorno no actúa como un simple marco. Completa el sentido del Real Sitio. Aquí la piedra se suaviza con el bosque, la memoria se hace visible en esculturas y fachadas, y la montaña empieza a anunciarse incluso antes de emprender la subida hacia los Lagos.
Recorrer este espacio con calma permite entender algo esencial: Covadonga no se sostiene solo en sus centros más célebres, sino también en sus bordes, en sus transiciones y en esos lugares donde el alma del Santuario respira con más amplitud.
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Para ordenar el recorrido completo antes de llegar, puedes leer “preparar el recorrido completo por el Santuario”.
El Monumento al Rey Pelayo
Entre los puntos más visibles del recinto destaca el Monumento al Rey Pelayo. No es una pieza secundaria ni un adorno conmemorativo más. Es una presencia fuerte en uno de los laterales de la explanada, allí donde la mirada del visitante tropieza casi de inmediato con la memoria del origen.
La figura, realizada en bronce, no parece pensada para dominar el espacio, sino para fijarlo. Desde donde se encuentra, Pelayo entra en conversación con la Basílica, con la cercanía de la Santa Cueva y con la gran Cruz de la Victoria que se alza a su espalda.
Mirarlo con atención permite percibir algo más que una estatua. Su gesto, su posición y su aislamiento relativo dentro de la explanada le dan un aire de vigilia. Como si no estuviera solo recordando un pasado remoto, sino custodiando todavía una parte del significado del lugar.


A media altura del pedestal corre una frase que remite a la Crónica de Alfonso III. La versión visible en castellano es conocida por muchos visitantes. Pero detrás de esa forma más accesible late una formulación latina de gran densidad: “Spes nostra Christus est, quod per istum modicum monticulum, quem conspicis, sit Spanie salus et Gotorum gentis exercitus reparatus”. Puede traducirse, con naturalidad, como: Cristo es nuestra esperanza; por este pequeño monte que contemplas se restaurará la salvación de Hispania y el ejército del pueblo godo. Aquí no interesa entrar a fondo en el debate histórico de esa frase, sino sentir lo que hace en este lugar: convertir la piedra del pedestal en una bisagra entre memoria escrita, tradición política y paisaje sagrado.
Para profundizar en su historia, la batalla y el origen del Reino de Asturias, continúa en “Pelayo y Covadonga”.
El Parque del Príncipe
Si el Monumento al Rey Pelayo fija la memoria del origen, el Parque del Príncipe introduce otra respiración: la del sosiego. Es uno de esos lugares donde el tiempo parece aflojar por sí solo y donde el Santuario deja de hablar únicamente en piedra, altura y solemnidad para hacerlo también en verde, en agua, en sombra y en rumor.
También llamado Jardines del Príncipe, este parque se extiende a los pies de la Santa Cueva y de la Basílica, como si custodiara desde abajo los cimientos visibles e invisibles del Real Sitio.
Desde las inmediaciones de los leones que guardan la entrada al Santuario arrancan escaleras, pasarelas y senderos. A partir de ahí, el recorrido empieza a transformarse. El visitante se interna en un ámbito más húmedo, más vegetal, más envolvente. El agua acompaña el camino, la frondosidad lo arropa y los pequeños puentes refuerzan la impresión de haber entrado en una parte más íntima de Covadonga.
Aquí aparecen algunas de las escenas más serenas del recinto. La cascada de la Cola de Caballo abre el recorrido con una belleza limpia, casi inmediata. Pero no es la única. Hay otra caída de agua, al pie del gran risco sobre el que se alza la basílica, cuya potencia y orografía dejan una impresión aún más honda. No se contempla como un simple accidente natural, sino como una presencia que parece salir del propio cuerpo del Santuario, como si de una cascada sagrada se tratara. En un lugar así, el agua no adorna. Respira.

El parque acoge también piezas arquitectónicas de gran valor histórico y humano. Entre ellas sobresalen las antiguas escuelas y el antiguo Mesón de Peregrinos, levantado por el abad Campomanes en 1763 como casa de acogida para quienes llegaban hasta Covadonga. Más tarde fue reformado y decorado en su interior con frescos de Paulino Vicente, y durante un tiempo estuvo ligado además a la vida de la Escolanía. Todo esto da al parque una densidad especial: no es solo naturaleza embelleciendo el Santuario, sino un espacio donde bosque, hospitalidad, memoria y vida cotidiana han convivido durante siglos.
Recorrer el Parque del Príncipe con calma permite entender algo decisivo: Covadonga no se sostiene únicamente en sus grandes símbolos. También se sostiene en estos lugares donde la experiencia se vuelve más humana, más respirable y, por eso mismo, más profunda.
Los leones guardianes
A ambos lados de la entrada al Santuario aparecen los leones de mármol, y su presencia marca con claridad el paso entre el exterior y el recinto sagrado. No son una curiosidad menor. Funcionan como guardianes del umbral y dan a la llegada una gravedad tranquila, casi ceremonial.

Tallados en mármol de Carrara, llegaron a Covadonga desde la finca coruñesa de El Pasatiempo, en Betanzos, tras ser adquiridos a los herederos de los hermanos García Naveira. Son una réplica de los leones que custodian el monumento funerario de Clemente XIII en la basílica de San Pedro del Vaticano. En el Santuario son parte del acceso, de la imagen de llegada y de la memoria visual del Real Sitio. Hoy no se perciben como piezas trasladadas, sino como una parte inseparable de la entrada, como si siempre hubieran estado allí, custodiando el comienzo del recorrido.
Para leer su dimensión simbólica dentro del lenguaje de Covadonga, continúa en “los leones como guardianes del umbral”.
La Fuente del León
En el recorrido del parque aparece también la Fuente del León, una de esas piezas que muchos visitantes miran deprisa y, sin embargo, merecen más atención. Su estructura es sobria: una cabeza de león deja salir un fino chorro de agua sobre un pequeño estanque de piedra rectangular.

No necesita grandilocuencia para quedar en la memoria. Su valor nace de la discreción, de la inscripción que conserva y de la forma en que recuerda que el Santuario ha sido obra lenta, levantada por generaciones.
“REINDO LA MAGD DE CARLOS III Y SIENDO ABAD DE ESTA COLGTA DN NICOLAS ANTO CAMPOMANES Y SIERRA SE FABRICARM LAS ESCALERAS DE ESTA IGL EL PAREDN Q LAS SOSTINE LOS PUENTS DEL MOLINO Y BAJO DEL SANTUARO Y LA CALZADA DESDE LA RIERA A ESTE SITIO. AÑO 1777”.
Aquí la Fuente del León se presenta como lugar físico del entorno. Su lectura simbólica la encontrarás en el mismo enlace del apartado anterior.
Un dato muy importante: todas las webs que hablan del Santuario de Covadonga aseguran que esta fuente fue construida en 1896 debido al grabado que, con dicho número, en ella consta. Sin embargo, no es cierto, ya que fue construida por el arquitecto Luis Menéndez-Pidal y Álvarez que precisamente nació en 1896. Se cree que la fuente fue construida tras acabar la guerra civil, por tanto, es posterior a 1939.
La Colegiata de San Fernando
Si la Basílica da a Covadonga una gran forma monumental, la Colegiata de San Fernando le devuelve espesor histórico. Es el edificio que mejor permite comprender que este lugar no nació de golpe ni pertenece a una sola época.
La colegiata fue levantada en tiempos del obispo Diego Aponte de Quiñones, sobre el solar de un monasterio más antiguo, y su planta organizada en torno a un patio y a una torre cuadrada conserva todavía una dignidad serena, sin exhibicionismo. En el claustro se guardan sepulcros románicos de enterramientos abaciales, y ese solo detalle basta para que el paso por este espacio deje de ser una mera observación arquitectónica y se convierta en una experiencia de profundidad temporal.

También su interior recompensa a quien se detiene. La iglesia, con bóveda de crucería y coro, conserva un retablo barroco procedente de Valdediós y una imagen de alabastro de José Capuz. Pero más allá de cada pieza concreta, lo importante es lo que la Colegiata hace sentir: que Covadonga no es solo naturaleza, ni solo devoción popular, ni solo memoria épica. Es también una sedimentación de siglos.
La Campanona, la Torre y el Museo de Covadonga
La Campanona
En la parte alta del Santuario, muy cerca del túnel de acceso a la Santa Cueva, se alza la Campanona. Su presencia es tan singular que muchos visitantes la recuerdan antes incluso de conocer su historia.

Su verdadero interés no está solo en el tamaño. Lo está también en su piel. La decoración, realizada por Xaverio Sortini, despliega relieves inspirados en la Divina Comedia y en otros motivos históricos y religiosos. La Campanona introduce así un registro inesperado dentro del paisaje sagrado de Covadonga: el del hierro trabajado como soporte de memoria, viaje y representación.
Es una gran campana monumental, de cinco toneladas y tres metros de altura, salida de los altos hornos de Duro Felguera a finales del siglo XIX. Fue premiada en la Exposición Universal de París de 1900 y donada después al Santuario.
La Torre
Su fachada de piedras desiguales, pero perfectamente encajadas bien nos recuerda al arte prerrománico. Sin embargo, el color rojizo de la piedra junto con otros detalles, dejan claro que su construcción fue más moderna, concretamente a principios de los 60. Esta torre de tres pisos, durante años albergó el antiguo cuartel de la Guardia Civil. En lo alto de su fachada principal tiene un escudo de España bastante singular, dado que los cuatro campos de los que se compone están divididos por una gran cruz de la Victoria.

La Torre forma parte del paisaje construido del Santuario. Su fachada, su posición y su relación con la parte alta del recinto ayudan a leer Covadonga como un lugar donde distintas épocas han ido dejando señales.
El Museo
El Museo de Covadonga ofrece otro modo de entrar en el pasado del Real Sitio. Ocupa dos plantas del antiguo Hostal Favila y, tras su renovación integral y reapertura en 2023, presenta hoy un recorrido más claro y más sólido por la trascendencia histórica, religiosa y paisajística del conjunto. Alberga 133 piezas del Real Sitio. Cabe destacar las Coronas de la Virgen de Covadonga y del Niño Jesús, con brillantes, zafiros, rubíes, oro y platino. Fueron realizadas por el sacerdote y orfebre asturiano Félix Granda Buylla.

En la planta baja hay 17 retratos de reyes de Asturias y de León que forman parte de la Serie Cronológica de los Reyes de España. Son propiedad del Museo Nacional de Prado y depositados en Covadonga por Real Orden de 30 de diciembre de 1884. Son pinturas realizadas por diferentes autores como por ejemplo Luis de Madrazo, Carlos María Esquivel o Eduardo Cano entre otros.
En el primer piso existen veinte instantáneas de gran formato tomadas por el fotógrafo madrileño Fernando Manso. Este gran fotógrafo captó el paisaje y la monumentalidad de Covadonga, del Parque Nacional de los Picos de Europa y de otros lugares con profundas cargas simbólicas para los habitantes de Asturias.
El Museo no actúa como una interrupción de la visita, sino como su contrapunto reflexivo: el lugar donde lo visto fuera adquiere una densidad documental, artística y religiosa más precisa.
Las Cruces del Calvario
En el túnel de acceso a la Santa Cueva hay un punto que muchos visitantes observan deprisa y, sin embargo, merece una lectura más lenta: el hueco abierto en la roca que funciona como pequeño mirador hacia la Basílica. Allí se alzan las Cruces del Calvario, conocidas también como las Tres Cruces. No son un resto medieval ni una reliquia antigua. Son una incorporación contemporánea que, sin embargo, ha terminado por integrarse con naturalidad en la experiencia del lugar.

Ese espacio convierte el tránsito hacia la gruta en una pequeña estación visual y penitencial. La roca se abre, la mirada se ensancha, y de pronto el visitante se encuentra frente a un recuerdo del Gólgota en pleno corazón de Covadonga.
Para conocer los detalles del porqué de este espacio en la gruta, lee “el acceso a la Santa Cueva”.
El Mirador de los Canónigos
Situado junto al arranque de la subida hacia los Lagos, ofrece una distancia justa desde la que el Santuario empieza a ordenarse de otra manera. El Mirador de los Canónigos enseña a mirar sin necesidad de imponerse.
Desde allí ya no se está dentro de cada rincón, sino frente a la relación entre todos ellos. La cueva, la Basílica, el bosque, la carretera, el movimiento de la gente, la línea de la montaña: todo empieza a adquirir una forma más armónica.
El conjunto deja de parecer una suma de puntos visitados y se vuelve una realidad trabada, donde cada cosa sostiene a las demás.
El nombre del mirador no es casual. Durante mucho tiempo fue una de las atalayas preferidas por los canónigos para contemplar el Santuario y demorarse en la conversación. Esa memoria resulta reveladora. Porque recuerda que aquí mirar nunca fue solo una cuestión de paisaje. También fue una forma de pausa, de reflexión y de pertenencia al lugar.
El Cementerio de Covadonga
El Cementerio de Covadonga es un lugar apartado, sobrio y recogido. Puede parecer extraño recomendarlo dentro de una visita al Santuario, pero su belleza, su silencio y su escala pequeña lo convierten en un rincón de especial hondura.

Al llegar, nos damos cuenta que es un lugar especial. Nos lo indica, a la diestra de la verja de entrada, una sobria cruz del siglo XVII y antaño ubicada a la entrada del Santuario. En el interior, algo abandonado, un altar de piedra y una capilla llamarán tu atención.
Las pequeñas dimensiones del recinto, sus escaleras, sus muros, sus caminos de piedra, el olor de la vegetación y la humedad configuran un espacio muy distinto al de los lugares más transitados. Aquí Covadonga muestra una dimensión más humana, más callada y más vulnerable.
Cómo recorrer el entorno con calma
El entorno del Santuario se comprende mejor cuando no se atraviesa como una zona intermedia entre la cueva, la Basílica o los Lagos. Conviene dejar de pensar en él como un mero tránsito.
El Monumento al Rey Pelayo pide una mirada más demorada. El Parque del Príncipe reclama lentitud. La Colegiata exige un poco de silencio interior. La Campanona y el Museo invitan a reconocer la densidad humana e histórica del recinto. Las Cruces del Calvario piden un paso consciente. El Mirador de los Canónigos enseña a detenerse.
La clave está en no pasar por aquí con la ansiedad de llegar a otro sitio. Porque este entorno no prepara solamente la visita: ya la está realizando, para que seas capaz de advertir la continuidad del agua, el espesor del tiempo, la manera en que el verde suaviza la piedra y el modo en que la montaña acompaña sin imponerse.
Recuerda todos “los espacios esenciales de Covadonga”.
El entorno como parte del alma de Covadonga
Quizá esa sea la mejor manera de decirlo: el entorno del Santuario no acompaña la visita, la completa. Sin él, la Santa Cueva sería más abrupta, la Basílica más aislada y el conjunto entero perdería una parte de su respiración.
Es este tejido de senderos, árboles, fuentes, esculturas, escaleras, edificios y puntos de contemplación lo que convierte el Real Sitio en algo más que una suma de monumentos.
Covadonga se deja comprender mejor cuando no se mira solo su centro, sino también aquello que lo rodea, lo sostiene y lo prolonga.
